O las palabras que se combinan en mi mente.

lunes, diciembre 17

Cartón crudo

Todos los días a las ocho de la mañana y a las doce del mediodía, sale de José León Suárez el llamado Tren Blanco que transporta hasta Retiro a miles de personas con sus carros repletos de cartón que cambiarán por dinero que cambiarán por comida que no cambiarán por nada. Durante octubre y noviembre, el Tren Blanco transportó, además, una cámara que registraba cada momento. Detrás de ese ojo nuevo estaban Ayelén Mazzaglia, Gabriel Cordone, Ariel Fleitas, Mariano Otero, Lucas Reynoso y Florencia Gonzalez Franchi, cinco amigos que promedian los 18 años y decidieron hacer un documental sobre estas vidas de cartón, Realidad cruda.

Se conocieron mientras cursaban los últimos años del polimodal en la Escuela de Enseñanza Media N° 20, Estados Unidos y hace pocas semanas viajaron a Chapadmalal para presentar ante miles de jóvenes el avance de su trabajo en el encuentro final del programa Jóvenes y memoria, organizado por la Comisión Provincial por la Memoria. Este proyecto, que busca promover el tratamiento de la última dictadura militar en las escuelas, fue el punto de partida para Realidad cruda: la pasión por el cine documental comenzó durante la realización de dos cortos sobre personas secuestradas y desaparecidas durante la última dictadura. “Ahora tenemos ganas de hablar sobre lo que pasa hoy”, aseguran. Y lo están logrando.

¿Cómo surgió la idea de trabajar con el tema del Tren Blanco?

Ayelén Mazzaglia: Queríamos hacer algo, pero no sabíamos qué. Justo la gente de la Comisión de Lucha por la Memoria nos propuso que eligiéramos un colegio que estuviera trabajando en el proyecto Jóvenes y memoria e hiciéramos un registro de cómo se va transformando. Nos contactamos con una profesora que trabaja en el Tupac Amaru y le preguntamos si podíamos filmar a los chicos. Ellos estaban haciendo una obra de artes combinadas reflejando la situación de los cartoneros y lo que siente un cartonero, la exclusión. Y a nosotros nos gustó el tema. Después nos enteramos que TBA pretende sacar para diciembre el tren cartonero y quisimos investigar sobre eso: qué es en realidad lo que pasa, cómo se justifica TBA, qué es lo que les ofrece.

Gabriel Cordone: Además, queríamos hablar del hoy. En los documentales anteriores hablábamos de la memoria, de los 30 años. Y estábamos un poco “cansados” de hablar de 30 años antes y queríamos hablar sobre qué pasa ahora.

AM: No deja de ser interesante hablar de lo que pasó, pero está bueno investigar otros campos, que además son en los que uno se mueve todo el tiempo. Si bien uno se entera y sabe un montón de cosas, es distinto cuando lo vive. Y este tema es algo que vemos cotidianamente, vos vas caminando y ves un cartonero que pasa con su carro, ves un nene revolviendo la basura…

¿Si sacan el tren qué pasa?

AM: La idea de TBA es ofrecer un sistema de camiones que trasladarían los carros y los cartoneros se trasladarían en los trenes de horarios regular. Es un problema porque la vía no tiene una calle paralela de Retiro a Suárez para que el camión vaya directo, entonces empieza a desviarse para todos lados. Después, existe el riesgo de que un cartonero se lleve un carro que no sea el de él, o que el tren se frene y el camión siga… pueden pasar muchas cosas y ellos viven con lo que juntan cada día. Y si alguien se lleva el otro carro, o lo que sea, lo pierden.

GC: A ellos les sacan el tren en diciembre, ahora. Y de alguna forma queremos mostrar la lucha de los cartoneros, que quieren que no les saquen el tren porque si no, no pueden vivir, no pueden comer, no pueden nada, porque ellos viven el día a día. Es algo que nos rodea, no podemos no estar al tanto de eso. Es preocuparse, analizarlo, mirar por qué pasan estas cosas y no decir “uh qué lástima, me da bronca”. Es, además de eso, ver qué puedo hacer. Si hay que romper todo, hay que romper todo.

¿Qué otras voces reunieron, además de los testimonios de los cartoneros?

AM: La idea era conseguir una entrevista con el vocero de TBA, Gustavo Gago. Llamé, me dijeron que tenía que mandar el proyecto a un mail. Me tuvieron diez días sin respuesta hasta que volví a llamar. Y me dijeron que sí, que Gago nos iba a dar la entrevista. Nos preguntaron qué horario, qué día. Nos tuvieron así un montón de tiempo y nunca confirmaron. Un día estaba ocupado, otro no había ido, otro estaba de viaje por trabajo. Después de casi dos meses, llamé –yo venía hablando con una chica que se llama Virginia Molinero-, me atiende otra chica, Maia y me dice que Virginia no está, que la llame al otro día. Al día siguiente llamo, hablo con Virginia y me dice que llame al día siguiente y hable con Maia. ¿Cómo voy a hablar con Maia si me manejé con vos durante dos meses? Me dijo que no se acordaba y me cortó. Entonces, mi mamá llamó haciéndose pasar por una madre del proyecto y habló hasta que esta chica le reconoció que se había olvidado y quedaron en que teníamos que mandar un mail recordándole la situación y pidiéndole que por favor nos diera la entrevista, pero que puede ser de acá a dos meses. O sea, que en total, van a ser cuatro meses de nada.

GC: Además, tenemos las voces de los cartoneros, de las delegadas y del titular de consumidores libres, Héctor Polino. Él habla de los subsidios del gobierno a las líneas ferroviarias.

¿Cómo fue la experiencia de rodaje?

GC: Vimos muchas cosas. Una, cuando nos metimos así de una, sin autorización de nada. Estuvimos un rato filmando al costado, mientras esperaban que el tren salga. De repente, unos chicos que estaban ahí nos hacen un gesto con la mano como diciéndonos “Váyanse” y después el guarda nos toca bocina con el tren y nos hace de nuevo el gesto.

AM: Y ahí nos fuimos caminando a Chilavert (la estación siguiente), no volvimos a Suárez (risas). Es muy impactante porque uno ve uno, dos, tres cuatro, pero ahí los ves a todos juntos en quince minutos. Aparecen y aparecen todo el tiempo, miles de carros. Es una imagen que te impacta muchísimo.

¿El trato después cambió?

GC: Cuesta, cuesta porque más allá de que quizás tenés algún conocido, tenés que ganarte la confianza. Cuando te metés, tenés algunos gritos: “¡No filmes!” “Te voy a sacar la cámara”. Después, tenés otros que dicen “Son laburantes igual que nosotros”.

AM: En todos lados pasa lo mismo, tenés el que te puede llegar a entender y el que no.

GC: Entrás a otro mundo, son otros códigos, es otra cosa. Son vidas e historias diferentes, es otro contexto social.

AM:.Ellos deben sentirse como ratas de laboratorio. Va todo el mundo y los quiere filmar, Hay que entrar de a poco, al principio no te dan bola, después más o menos, después van probando a ver cómo te movés, después necesitás permiso de TBA. Lo que nos explicaron es que si hablan o dicen algo sin estar respaldados por el permiso que nos da TBA para filmar, les van sacando vagones. Al principio no nos querían dar entrevistas las delegadas. Y es entendible, porque podían llegar a sacarles otro vagón más: tenían cinco y ahora quedan tres.

¿Tenían ideas o juicios previos que se modificaron haciendo el documental?

AM: Nos fueron pasando un montón de cosas. Uno lo comprende porque tiene un pensamiento con el que se involucra más y le importa más el otro. Yo no quiero que vivan así, que estén así, no quiero que haya gente en el norte, sur, este u oeste que se muera de hambre, chicos desnutridos, uno comprende eso. Pero cuando te vas a meter, te das cuenta que es otra cosa. Son otros códigos. No es lo mismo cuando caminás por un lugar conocido que cuando vas a Suárez, no es por donde vos te movés. Se hace muy difícil, nos costó muchas veces llegar a entrar y poder filmar adentro del Tren Blanco. Entonces, no sé si cambió la idea, pero uno empieza a vivir en carne propia cosas que no tenía en cuenta.

GC: No sé si son prejuicios, pero es meterte en otro mundo. Son otros códigos. No son pobres porque sí, sino que hay atrás un sistema que oprime para que sean así y estén así para después tener en las elecciones un clientelismo político.

sábado, diciembre 15

Sergio Langer: "Con mis dibujos trato de reparar la injusticia"

En un ambiente repleto de dibujos, cuadros, libros y revistas en pleno Paternal hará su aparición Sergio Langer, el humorista gráfico creador del personaje de La Nelly que acompaña a diario las contratapas de Clarín y de la irónica Mamá Pierri de la revista Barcelona. Langer sabe asumir los riesgos de “hacer un humor que va más allá” y habla de la carta que llegó desde la Embajada de Bolivia en Argentina, en la que se acusaba a La Nelly por su contenido “racista”, nada más lejos de su intención.

A lo largo de la charla evidencia toda su energía y espontaneidad: intercala llamados, cambia de lugar, hace chistes e hila un tema con otro constantemente. Arquitecto, humorista, simple y crudo, un oxímoron de personalidad que da como resultado un trazo negro, grueso, pero tierno, con un objetivo claro: enfrentar la injusticia con su mejor herramienta, el humor.




En tus dibujos, el efecto humorístico va acompañado de una dosis de realidad muy fuerte, ¿se podría decir que sos apocalíptico?


Soy muy emocional, afectivo, pero tengo una sensación de que el mundo no es como me gustaría que sea. Si tenés un nivel de sensibilidad, de percepción un poco más trabajado, más evolucionado –no lo digo jactándome, eh-, eso te permite percibir y tener una antena para ver cosas que sirven para dibujar. Pero no sé si soy apocalíptico. Para hacer humor gráfico como el que trabajo yo, que es un poco una risa que nace del dolor y de la injusticia, tenés que ser a veces un poco negro, cruel.


Quienes trabajan en la expresión, en el arte suelen tener una búsqueda, una obsesión, ¿cuál es la tuya?


Yo busco tratar de reparar la injusticia. Tampoco es algo estructurado, a veces te vas para donde viene… Pero lo que más me preocupa es la injusticia, la pobreza. En el humor me gusta marcar y mostrar eso, pero que haya humor, porque no tiene sentido sólo bajar línea. Es una manera de ver la vida: que las cosas no están bien, que tendría que haber justicia, es un como leitmotiv en mi trabajo.

Y mi otra obsesión es el nazismo porque mi vieja fue sobreviviente de un campo de concentración y es un tema que me pegó de muy chico. Uno podría decir que eso es un tema europeo, pero acá tuvimos una dictadura, tuvimos milicos, tuvimos un autoritarismo y una clase dirigente que tenía mucho de fascista.

Además, mi dibujo tiene algo de dibujo de Europa del este, sin que yo me lo proponga: mi viejo era polaco, mi mamá rumana. Entonces, hay tendencias expresionistas con el negro, el grotesco. A mí me gusta y me sale esa línea negra, sucia.


¿Qué cosas fueron las que más te marcaron en tu trayectoria como dibujante?


Alrededor de los años 80, cuando empecé a publicar en la revista Humor con continuidad fue una, para la parte de espectáculos. Después, a fines de los ‘80 empecé a salir en la revista El Periodista de Buenos Aires, que fue como una antecesora de Página 12. También cuando empecé a laburar en el diario Sur, que fue el primer diario que sacó el partido comunista acá. Si te hago una lista de los nombres que había ahí no podés creerlo: entre otros, estaban Polimeni, Polosecki, María Seoanne, Juan Sasturain. Había un montón de gente. Era buena la gente que laburaba, pero era muy PC, muy tendencioso. En el momento en que se estaba cayendo el Muro de Berlín, acá salía un diario comunista… igual tengo un buen recuerdo. Ese fue el primer desafío. Me acuerdo que cuando empecé a laburar me dijeron: “Vos tenés que hacer como Daniel Paz y Rudy” porque ellos estaban en Página 12 y era la novedad de centro izquierda, del progresismo argentino. Pero me rompía un poco las pelotas que me pidieran eso porque lo bueno que podés diferenciar de un humorista gráfico de otro es el estilo, el carácter que lo diferencia y que le da una identidad. Y eso lo fui construyendo, remando, haciendo lo que me gusta y finalmente pude ser yo.


¿Existen muchas trabas para publicar en un medio grande como Clarín?


Obviamente desde el vamos vos sabés que hay límites por los que hay que circular. No podemos joder con la religión, sexo y drogas porque es una tira para toda la familia. Ahí hay un límite, pero no es censura. Sí lo es que te digan: “no hagas humor con tal político”. Pero entre esos límites que uno tiene por ser un medio tan grande y los límites que uno mismo se impone, con Rubén (Mira) hacemos un producto donde no abandonamos nuestra manera, seguimos diciendo cosas. A veces ves que la tapa del diario es una y nosotros en la contratapa decimos exactamente lo contrario. A veces nos llaman la atención, nos dicen “Pará un poco”, pero tratamos de correr los límites. Igual, hay cosas que hay que saber. Estoy en un diario que tiene una alianza bastante fuerte con el gobierno, no es opositor… y vos nunca sabés los tejes que hay y no vas a arruinarles esos vínculos.


Pero en realidad si te rebotan de esa manera es porque “perturba” y eso en algún sentido está bueno…


Sí, por eso yo todavía me sorprendo de estar en Clarín. No es que renuncié a mi acidez, simplemente es un desafío. Está bueno hacer La Nelly porque es un personaje de historieta. Mi humor no es apto para gente que no está preparada para asimilarlo. Y si no, mirá lo que pasó con lo de Bolivia…Vos escuchás que hubo expresiones antisemitas o racistas, pero justamente uno de los personajes más terminados y más progresistas de la tira es la boliviana. El tipo vio dos, tres tiras y tomó literalmente lo que estaba viendo, no captó la ironía. Lo que estábamos haciendo era burlando un submarino yanqui que venía a bloquear los puertos bolivianos. Y ése es el chiste, porque Bolivia no tiene puertos.. o sea, si te lo tengo que explicar, no da. Pero bueno, es el riesgo de hacer un humor que va más allá... Nunca nos hubiéramos imaginado esa reacción, porque ese personaje está construido para reparar el estereotipo de la boliviana. De hecho, nos hicieron notas en diarios bolivianos antes diciendo “qué bueno que hay un personaje como Catalina”. El tipo no leyó nada.


Recién decías que en Clarín había ciertos límites, pero más allá de cada medio, en general, ¿cuáles son los límites de tu humor? ¿Los tiene?


No me pongo a laburar y tengo como una hoja de ruta donde digo “esto no lo voy a hacer”. Es como que yo te diga cuáles son tus límites en general en las cosas que uno hace, hasta dónde uno se mete. Si yo soy un psicópata, soy un psicópata haciendo humor, soy un psicópata enrollándome con una mina, soy un psicópata manejando. Y yo soy un tipo muy cuidadoso. Capaz que toda la rabia que tengo –porque todos tenemos alguna furia que no expresamos- la expreso en el humor. No haría nada racista, al contrario, yo hago que mi humor vincule o desarticule, o haga reír desde un lugar que no sea el racismo. A veces se escucha “Pasaron los límites”, pero ¿qué? ¿Los límites que los “bienpensantes”? ¿De un consenso? Porque los límites de los “bienpensantes”, del consenso, de la moral, no son los míos.


Si alguna vez se terminaran estas cosas malas del mundo que reflejás en tus dibujos y comenzáramos a vivir en un “mundo ideal”, ¿se termina el humor?


Siempre va a haber alguno que se va a resbalar con una cáscara de banana en la calle y te va a hacer reír. Y siempre va a estar la muerte. Ante esa idea de que nos vamos a morir, que es tan angustiante, uno necesita reírse. Yo dibujo para no laburar. Quién sabe qué haría en un mundo ideal... No sé, tal vez estaría trabajando la tierra, con música new age, no habría chimeneas que contaminen. Pero siempre va a haber en una aldea auto sustentable-ideal un tipo que se encame con la mujer del vecino, y ahí ya está.-

Qué es esto

Sólo una de las infinitas posibles respuestas a un "¿Qué pasó?".